miércoles 4 de marzo de 2009



El hombre que duerme conmigo se levanta bien temprano a trabajar. En estos últimos días, antes de largarse ha tomado la extraña costumbre de observarme desde la puerta del dormitorio con tono preocupado y serio. Luego me da un beso en la mejilla y parte. Generalmente vuelve al atardecer, donde me encuentra nuevamente en el dormitorio, acostada y aburrida, viendo televisión.

En esta última semana, por cada día que pasa, pareciera que llegara más temprano del trabajo. Siempre, acostada y aburrida en la cama, me encuentra viendo televisión.

Un día antes de partir, como es la costumbre, me observó por más de treinta minutos desde las sombras de la pieza. Me preguntaba que si acaso no debía marcharse ya. Pasó otro rato y luego se fue, mas la sorpresa me invadió porque volvió al instante y con un bate en la mano.
¡Levántate! – me ordenó enojado. Me asusté y me levanté, más me di cuenta que las piernas no se movían a mis ordenes, ¡no sabía caminar! Apenas sostenida en pie, le dí la espalda al hombre para apoyarme en la pared, esperé ganar el aire y cuando nuevamente me volvía vi como el bate caía directamente desde el aire hasta mis costillas, asestando un golpe certero al costado de mi espalda. Grite despavoridamente, el dolor era insoportable, pero no mortal. Lloré y lloré desconsolada. Se me acerco con cariño, le empujaba para que no se acercase, acaso después se le ocurriría pegarme un balazo. Cerré los ojos. Me pidió que los abriera. Costó pues el miedo detiene. Cuando logré despegarlos reconocí a mi marido, me miraba a los ojos y me sostenía las manos. Apuntó con sus dedos al suelo. Ahí se encontraba la cruda escena del crimen. El alacrán yacía muerto a mi lado, y yo viva aunque adolorida, con los ojos por fin abiertos.


lunes 9 de febrero de 2009

Los campanazos de don Miguel




Conocí a don Miguel en misiones. Aún recuerdo la primera vez que lo vi: era flaco, de estatura mediana y de espalda encorvada un poco. Generalmente le veíamos vistiendo jeans sucios y poleras de piqué negras y azules gastadas. Me imagino tendría unos sesenta años en ese entonces: la edad se le estampaba ya en el pelo blanco y en las arrugas de su piel. Me causó sorpresa cuando le hablé por primera vez, su lenguaje era pésimo, costaba entender sus palabras. Le pregunté su nombre y apenas entendí -Miguel. Cuando le pregunté por su familia, inmediatamente el rostro se le puso triste y emocionado contó de una sobrina suya, que la quería mucho, que ella tenía dos hijos, unos lindos niños, pero que con los críos un día se fue de la casa y no volvió jamás. Terminaba de hablarme y al unísono perdía su atención, sus ojos se contagiaron de un vacío infinito. No habló más ese día.

En cada actividad que organizábamos para la comunidad, don Miguel era el primero en aparecer. A pesar de tan destacable virtud (cosa que a mi me cuesta mucho hacer) pasaba casi siempre desapercibido, casi nadie notaba su presencia. Donde hubiera actividad ahí se llegaba él, puntual, fiel. No entendí hasta el final que era lo que le atraía a don Miguel de los misioneros.

El lunes, al segundo día de misión, antes de comenzar la misa los oídos de todos los presentes retumbaron de improvisto, eran las campanas de la iglesia que, con su clamor vigorizante y contundente, llamaban a recordar que el sacrificio de la libertad estaba a punto de realizarse. Más sorpresa causó que tan imponente sonido se generara desde las mismas manos esqueléticas de un hombre viejo y débil: era un enérgico don Miguel. La impresión inicial de los misioneros pronto se trasformó en risas y burlas, pues el movimiento del cuerpo para hacer sonar las gigantescas campanas no era de los más agraciados, necesitaba moverse como en un vaivén, y su rostro serio y vació no ayudaba mucho al panorama, parecía un baile exótico traído de algún país del caribe.
Con los días, el rostro seco y vació de don Miguel cambió, sonreía a ratos y parecía contento y feliz.
El último día, para antes de la misa dominical, las campanas retumbaron más fuertes que nunca, fueron sesenta veces, en tres turnos de veinte campanazos. Don Miguel tocó y tocó, llamó y llamó, clamó, clamó.
La comunidad del pueblo organizó un cóctel y unos bailes después de la misa como agradecimiento a la visita de los misioneros. Me topé con Miguel entre la gente, y aproveché de darle las gracias por su presencia incondicional en las actividades. De inmediato noté algo diferente en su rostro, la tristeza del primer día volvía como la oscuridad cae en la noche, la alegría que contagió su rostro se retiraba como si la tregua de algo bello terminara. Me contó que al otro día habría rezo del rosario y que ahí se encontraría él, a las seis. El ruego de sus palabras fueron como una llave, descubrí así la verdad de su vida: el clamor de las campanas era el llamado insistente a su sobrina, un ruego omnipotente producto de su soledad, que por cada campanada, gemía por su presencia. Los misioneros fueron así la gran necesidad de compañía que su ser clamaba. En cada rostro, el de su sobrina, en cada sonrisa, el de sus dos hijos, en cada uno estampados, en cada uno presentes. Me conmovió su historia. Sólo pedí un abrazo. Se resistió, como quién se resiste al amor. Ese día, con su testimonio comprendí que la necesidad más grande del hombre es la compañía.

viernes 24 de octubre de 2008

Una única pasión




Con Carlitos llegamos al paredero a las dos, esperamos bajo el sol potente y después de unos veinte minutos por fin pasó la 16; nos subimos a duras penas porque venía llena. Se fue desocupando de a poco, ya solo quedábamos el Carlitos y yo más unas señoras gordas al fondo que venían repletas de bolsas de supermercado.
Cuando pasamos por el colegio Padre Hurtado, tocamos el timbre: la micro para, bajamos rapidito, la veo irse, la veo desaparecer. Caminamos un buen rato, los blocks se dejaban ver a nuestros lados, los perros abundaban aburridos por las calles, de sed por el sol.
Llegamos por fin: la multicancha de San José delante, complejo compuesto por una cancha de cemento rodeada entera por unas rejas bien altas, en un costado unas graderías de metal verde acompañan el terreno, es el lugar donde la barrita de San José se pone cuando juega el equipo. De inmediato se nos acerca el Negro: buena muchachos, siempre tan temprano, cámbiense en la salitas de la capilla, aprovechen de pasar al baño que después la cerramos.

Me puse las medias, los chuteadores y la camiseta azul, atrás en la espalda se estampaba un ocho bien grande. El Carlitos se puso los guantes, se golpeó las manos y me miró perseguido: dicen que son buenos; por supuesto que eran buenos, eran los campeones, pero teníamos posibilidades: venía el González.

El sol pegaba fuerte en el pelo, y un vientecillo agradaba el rostro. Se puso el balón en el centro, el Pedro y el Sergio delante. El Pato da el pitazo inicial; el Pedro da un pase atrás donde la espera el González, este se pasa al centro, al defensa, y llega donde al arquero: se le barre, se lo saca, pero le alcanza los tobillos, el González cae, es penal.
Chutéalo tú, me grita el Sergio, y yo me pongo en la linea penal.

La ruidosa barra de San José brava con bombo y trompeta por mi error, el arquero delante flecta las rodillas y se limpia la nariz, me es inevitable mirar hacia la barra: ahí está la Blanquita, que también me mira, sonriente, bonita, me pongo nervioso: chuteo un puntete, al arquero se le cuela por las piernas, es gol.

Corro hasta el otro arco: está la blanquita, le cuento al Carlitos. Lúcete con otro gol, para que se lo lo dediques, esas cosas les gustan a las mujeres, me aconseja.

Los de San José atacan como tormenta, con el Gonzaléz no nos es suficiente: ataca el Furia, se pasa al González, se pasa al Sergio, empuja al Pedro, el Pato nada dice, me paro delante del Furia, es más alto, me amenaza: la Blanca es mía cabro, ni te le acerques, y luego me bota con el hombro, y patea la pelota junto conmigo. Falta, roja para el Furia. Salgo lesionado, me duele mucho, el dolor es insoportable, me quejo en el borde de la cancha, hasta que aparecen los ojos dichosos que calman fantásticamente el dolor. Me pregunta que si me duele mucho, y que le respondo que con ella ahí se me pasa todo, me devuelve una sonrisa que me deja loco. Pero no sé de donde aparece el Furia a arruniarlo todo, toma de la mano a la Blanquita y la empuja hacía la salida: vámonos Blanca, no te quiero ver cerca de este pelafustán. La Blanca lo para en seco; le dice que se espere: se me acerca, y me da un beso en la mejilla, él se ve irritado, vámonos Blanca, vámonos papá, le responde, se la lleva para la casa. Y es que en Puente Alto el fútbol, el amor y la familia son una pura cosa.

jueves 18 de septiembre de 2008

Café en la madrugada


La lluvia es incesante. Cae sobre mis pies mojados, sobre mis hombros caídos, sobre mi tenue semblante. El foco luminoso de atrás me golpea la espalda, que es entera negra, por la chaqueta sucia. A los lados los árboles rugen por el viento, que los retuerce, que los exprime, que los azota contra si mismos. Mi corbata se dobla, se estruja, y se posa en el bolsillo de la camisa, luego sale, escapa al infierno, a mojarse más y más. La nubes negras se avalanzan gigantes sobre mi cabeza. Es una tormenta poderosa.


Fue una noche terrible y oscura. En el momento parecía eterna. En el momento, parecían desmoronarse mis rodillas. E igualmente, en un instante cualquiera, se presentó la tregua.

Cuando llegué a mi casa, me abriste la puerta, me dejaste entrar, y luego la cerraste suave, borrando el barro que arrastraban mis pasos.

¿Cómo poder describir la intimidad?

Por mi cuenta, solo sé que esa noche, antes de acostarme a disfrutar del sueño profundo, tú me enseñaste que un café en la madrugada se disfruta solamente si lo bebes lento, tranquilo, y mirándonos a los ojos.

sábado 13 de septiembre de 2008

Costumbre


El gato muerde la cola del ratón.
El ratón da media vuelta y le reprocha al gato.
El gato lo observa impávido: nunca imaginó tal reacción.
-¿Acaso no notas que me duele la cola?- le pregunta con cara de burla .
El gato se re-impresiona: el ratón habla!
Entonces, el gato intenta proferir palabra, pero todo culmina con un desquebrajado miau. Y es que los gatos no saben hablar. Lo intenta nuevamente, hace una mueca, gira los ojos, se contorsiona, pero vuelve a maullar.
El ratón se ríe, luego calla, y por un largo rato lo observa. Y lo conmueve el gato: recuerda que en el pasado él tampoco sabía hablar.

Entonces, el ratón le enseña a hablar al gato.

Le agradece.
Luego le explica sus razones: -te muerdo la cola por naturaleza. Además, el humano me hecha si no te espanto.
-Claro- responde el ratón. -Cada vez que un humano se percata que una araña ó algún bicho raro le circunda, lo primero a lo que atina es a exterminar la amenanza, y es que está en su naturaleza hacer desaparecer las molestias.
El gato y el ratón ríen a carcajadas: que más irracional que un gato y un ratón reflexionen sobre la irracionalidad del hombre.


Y así, se acuesta la tarde, cae noche, y al amanecer se levanta un nuevo día. Y en la casa, como es la costumbre, el gato corre detrás del ratón.

jueves 28 de agosto de 2008

Olvidamos




Juan, a sus tres meses, sonriente agita sus brazos, como queriendo abarcar con sus pequeñas manitas al infinito del universo. Sus padres lo observan, y lo aman, y le sonríen, y se sorprenden, de que criatura tal, frágil, pueda generar en sus entrañas el movimiento de un gozo al que a veces confunden con la felicidad.

Pasa el tiempo, Juan crece, es un niño, y los padres, para sus primeras navidades, cumpleaños, dientes, novedades, no dudan en regalarle todo, pues él lo es todo para ellos. Da sus primeros pasos: comienza a conocer, desde su pieza, los juegos de niño, con sus primeros amigos, del jardín. Y me sorprendo de verlo sorprenderse, con el bostezo del abuelo, con el tocar de la guitarra, con los dibujos de las revistas, y no duda, si quiera, en preguntar para conocer, en experimentar para entender, y así, con el tiempo, se forja la semilla de sus sueños. Tú, abuela, que entiendes de los secretos, le cuentas: mírate los dedos mijito, ¿ves las manchas blancas de tus uñas?, son regalos. A mi ya no me quedan, el tiempo me las borró, no por vieja, sino por perder el asombro.
Juan no entiende. Solo busca el regocijo de la vida. Así son los niños, y Juan es niño.

Los años corren como el viento. Los papás acumulan cuentas, las deudas del colegio y de los gastos de la nueva hermana de Juan. Ella vuelve a despertar ese regocijo en sus entrañas, es como un respiro, pero ya no abarca la intensidad de antes. Pero Juan, ya temprano juvenil, con un grupo de amigos, sueñan con cambiar el mundo. Sueñan, sueñan, no se cansan de soñar. Nada se los impide: es gratis. Cuando escucha de la pobreza, de las guerras, del hambre, de la injustica, se remueve en él el deseo de cambiarlo todo. Convencer al mundo que puede ser diferente. En sus ojos, la esperanza.

Pero con el tiempo, los padres no animan: se endeudan en una televisión. Por las mañanas, desayunan mirando televisión, luego, vuelan a sus trabajos y en el camino, ellos y el resto, todos los que imagines, en sus oídos una música que ahoga la realidad. En la noche, todos miran televisión, en las tardes, todos ven el internet, en las conversaciones, alguién sale a contestar en el celular, en el comedor, alguién va por un mensaje de texto. Conocí un lugar donde las personas salen a caminar por las tardes; aquí, pareciera que alguien cortó nuestras piernas.

Juan, en el Metro, rodeado de gente, rumbo a la facultad. Piensa en el agovio del día, y desea que pronto sea viernes, para poder descansar, que pronto transcurran cinco años, para salir del estudio, que pase el día, para dormir temprano, que sea la titulación, para trabajar, para ganar dinero y comprar una televisión más grande, un teléfono celular más moderno. Juan ya no sueña. Secó su semilla. Olvidó su pasado. Ya no hay colores en sus palabras, no hay melodías en sus anhelos, sólo el gris de la rutina absurda. Tomado del pilar del vagón, veo sus uñas vacías.

lunes 11 de agosto de 2008

La casa del terror




Delante de una bruja siniestra me encontraba, a un paso de perder la vida. Mis amigos, felices, en el caldero. Por qué no se darán cuenta que la bruja malvada los sedujo para comérselos vivos, tan necesitados de diversión que basta una mera promesa y caen en el juego. Sería porque aún no aprenden a mirar más allá.
En fin, yo sí era conciente de lo que ocurría, porque es ridículo meterse en un caldero hirviente sólo porque una extraña bruja vil y malvada te promete el extasis de alegría y entretención además de muchos dulces.
Llamé a los espíritus deambulantes buenos para que me echaran una mano (si hay bruja fea y un caldero con mis amigos dentro, entonces, ¿por qué no encontraríanse espíritus deseambulantes buenos?. De un santiamén apareció uno gordete y bien blanco: estremeció el entorno con un BU ensordecedor. Tapé mis oídos. Mis amigos chirriaban del espanto ante tal aparición. La bruja malvada ni se inmutó (parece que nunca vió películas de Hoolywood cuando pequeña), desenfundó su varita mágica y al instante lo trasformó en un ser humano común. El ex fantasma corrió despavorido de la escena. Mis amigos aplaudían celebrando a la malvada.
Letal, levantó nuevamente la vara y me atacó a muerte: -¡coviértete en canino!- exclamó. No sabía ella que también conocía del mundo de la fantasía: ¡y tú conviertete en un felino!. Corríamos por la pieza despavoridos, yo detrás de ella, como verdaderos animales. Se subió a un sillón y volvió a gritar más fuerte aún: -¡conviértete en ratón!-. La carnada cambió de protagonista. Menos mal que aún existen los agujeros de ratón en las historias de niños. Desde mi escondite respondí-¡Conviertete en mujer!- fue lo único que se me ocurrió gritar , y el felino se transformó, derrepente, en mujer. Mis amigos volvieron a celebrar. Despavorida la mujer se arrimó a una silla. Tenía miedo, un verdadero miedo. La mujer era una niña, la niña que siempre jugaba sola en la playa con la arena, sola en el campo con su casa de muñecas, sola en la ciudad con su cuerda de saltar vieja. El hechizo terminó y no era un ratón sino que yo mismo, y en mis manos, la decisión de trasformar al grupo en la constante rutina de todos los días, ó en un mundo nuevo y desconocido. Las personas le tiene miedo a lo nuevo y a lo desconocido, y por eso, creo yo, que le temen a los fantasmas, ó a los terremotos, ó a casarse, ó acambiarse de trabajo. ¿Qué manera habrá conocer lo que hay detrás del umbral de la novedad?.
-¿Cómo te llamas?.
-Romina- me respodío tímida.

Cuando nos retirábamos de la casa abandonada, ya eramos un grupo más numeroso.