
El hombre que duerme conmigo se levanta bien temprano a trabajar. En estos últimos días, antes de largarse ha tomado la extraña costumbre de observarme desde la puerta del dormitorio con tono preocupado y serio. Luego me da un beso en la mejilla y parte. Generalmente vuelve al atardecer, donde me encuentra nuevamente en el dormitorio, acostada y aburrida, viendo televisión.
En esta última semana, por cada día que pasa, pareciera que llegara más temprano del trabajo. Siempre, acostada y aburrida en la cama, me encuentra viendo televisión.
Un día antes de partir, como es la costumbre, me observó por más de treinta minutos desde las sombras de la pieza. Me preguntaba que si acaso no debía marcharse ya. Pasó otro rato y luego se fue, mas la sorpresa me invadió porque volvió al instante y con un bate en la mano.
¡Levántate! – me ordenó enojado. Me asusté y me levanté, más me di cuenta que las piernas no se movían a mis ordenes, ¡no sabía caminar! Apenas sostenida en pie, le dí la espalda al hombre para apoyarme en la pared, esperé ganar el aire y cuando nuevamente me volvía vi como el bate caía directamente desde el aire hasta mis costillas, asestando un golpe certero al costado de mi espalda. Grite despavoridamente, el dolor era insoportable, pero no mortal. Lloré y lloré desconsolada. Se me acerco con cariño, le empujaba para que no se acercase, acaso después se le ocurriría pegarme un balazo. Cerré los ojos. Me pidió que los abriera. Costó pues el miedo detiene. Cuando logré despegarlos reconocí a mi marido, me miraba a los ojos y me sostenía las manos. Apuntó con sus dedos al suelo. Ahí se encontraba la cruda escena del crimen. El alacrán yacía muerto a mi lado, y yo viva aunque adolorida, con los ojos por fin abiertos.





